Que suerte he tenido de nacer
- coachviera
- 2 jun
- 3 min de lectura

La suerte de nacer: Abrazar el llanto y la risa con sentido
La semana pasada nos sumergimos en un viaje intenso y necesario a través de las aguas de la identidad y el autodescubrimiento. Fue un espacio para cuestionarnos, para mirar de frente el mapa de nuestra propia historia y reconocer el valor intrínseco que nos habita por el simple hecho de ser. Al terminar esa reflexión, me quedé con una melodía y una letra dándome vueltas en la cabeza y en el alma: el poema inolvidable de Alberto Cortez, "Qué suerte he tenido de nacer".
A veces, el ritmo acelerado del día a día nos anestesia, y olvidamos que el solo hecho de respirar hoy es un milagro irrepetible. Sin embargo, Alberto Cortez no le canta a una vida color de rosa ni a una felicidad idílica de manual de autoayuda. Le canta a la vida real. Y es ahí, en el tejido de la realidad, donde la perspectiva existencial encuentra su mayor riqueza: la suerte de nacer no radica en que todo sea perfecto, sino en nuestra capacidad humana de experimentar, integrar y trascender el espectro completo de la existencia. Radica, fundamentalmente, en aprender a abrazar tanto el llanto como la risa.
El valor sagrado del llanto
Vivimos en una cultura que le teme a las lágrimas. Se nos ha enseñado a esconder el dolor, a maquillarlo rápidamente con una sonrisa forzada o a evadirlo a través de la distracción constante. Pero desde la mirada de la logoterapia, el llanto no es un signo de debilidad; es una de las manifestaciones más puras de nuestra sensibilidad y humanidad.
Lloramos porque somos capaces de amar; lloramos porque las cosas nos importan. El dolor por una pérdida, la tristeza ante la frustración o la melancolía de un recuerdo son evidencias de que estamos vivos y conectados con el mundo. Negar el llanto es bloquear la entrada a nuestra propia profundidad. Cuando permitimos que la tristeza cumpla su ciclo, el alma se vacía de tensiones y hace espacio para algo nuevo. El sufrimiento físico o emocional deja de ser un pozo ciego cuando elegimos transitarlo con honestidad, otorgándole un propósito y permitiendo que nos transforme en seres más compasivos y maduros.
La medicina liberadora de la risa
En el otro extremo del camino se encuentra la risa, el contrapeso perfecto de la balanza existencial. No hablo de la risa evasiva que se usa como máscara, sino de la alegría genuina que brota del agradecimiento.
Viktor Frankl solía enfatizar una herramienta humana bellísima: el autodistanciamiento, que incluye la capacidad de usar el sentido del humor ante las dificultades. Reírse de uno mismo, de nuestras rigideces y del absurdo de ciertas situaciones cotidianas, nos da la distancia necesaria para que el problema no nos devore. La risa nos devuelve la perspectiva, relaja el cuerpo y actúa como un bálsamo para el espíritu. Es la celebración del milagro cotidiano: el café de la mañana, el abrazo de un amigo que es un hermano, o la contemplación de un atardecer. La risa nos recuerda que, a pesar de los inviernos de la vida, la calidez siempre vuelve.
La danza del equilibrio existencial
Una vida con sentido no es una línea recta de felicidad ininterrumpida, ni tampoco un valle de lágrimas constante. Es una danza sutil y dinámica entre ambas realidades. Quien intenta quedarse solo con la risa termina viviendo de forma superficial; quien se ahoga en el llanto pierde la capacidad de ver la belleza que aún queda en el mundo.
La verdadera libertad existencial, esa "suerte de nacer", consiste en tener el corazón lo suficientemente abierto y valiente para albergar la tristeza cuando toca despedirse, y la madurez para defender la alegría cuando la vida nos sonríe. Ambas estaciones son necesarias para que el ser humano pueda florecer con integridad. No nos fragmentemos; somos la suma de nuestras batallas ganadas y también de nuestras heridas sanadas.
Honra tus lágrimas cuando aparezcan, pues limpian la mirada; pero jamás dejes de buscar y provocar la risa, pues es el motor de la esperanza. Al final del día, comprender este equilibrio nos permite caminar con la frente en alto y el corazón en paz, sabiendo que, a pesar de todo, sí vale la pena vivir.
Porque la vida es un río que busca su cauce, y en su viaje arrastra piedras pero también refleja las estrellas.




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