La vida un principio con final
- coachviera
- 15 jun
- 3 min de lectura

La vida un principio con final
La suerte de nacer: La finitud como maestra de vida
En nuestra última reflexión compartíamos la maravillosa fortuna de estar vivos, aprendiendo a danzar entre el llanto y la risa como dos caras de la misma moneda existencial. Sin embargo, el poema de Alberto Cortez no se detiene en las estaciones del camino; con una honestidad desarmante, avanza hacia el destino inevitable de todo ser humano: la partida, el momento del adiós. Y lejos de cantarle a la muerte desde el miedo o el drama, nos invita a mirarla de frente, como esa parte fundamental que le otorga el verdadero relieve a nuestra existencia.
Para muchos, la muerte es un tema tabú, una sombra que preferimos ignorar o empujar al rincón más oscuro de la mente. Pero desde el análisis existencial, evadir la muerte es, paradójicamente, evadir la vida. La conciencia de nuestra finitud no tiene el propósito de llenarnos de angustia, sino de actuar como un despertador para el alma. Es el recordatorio definitivo de que nuestro tiempo aquí es un recurso sagrado, limitado y no renovable. La certeza de que vamos a partir es el empuje más poderoso que tenemos para convertirnos en mejores seres humanos hoy, mientras tengamos tiempo.
El valor del tiempo y la urgencia de elegir
¿Qué harías con tu vida si supieras que es eterna? Probablemente pospondrías tus sueños, dejarías las conversaciones importantes para el próximo siglo y vivirías en una eterna sala de espera. La inmortalidad nos volvería indiferentes. Es precisamente el límite del tiempo el que dota de valor a cada instante.
Saber que nuestros días están contados nos rescata de la procrastinación existencial. Nos impulsa a pedir perdón hoy, a abrazar con más fuerza a ese amigo que es un hermano, a expresar el amor sin reservas y a entregarnos a nuestra vocación con pasión renovada. En la logoterapia, la responsabilidad es la palabra clave: somos responsables de lo que hacemos con el tiempo que se nos ha concedido. Cada decisión que tomamos es una pincelada irreversible en el lienzo de nuestra historia. La finitud nos quita la venda de los ojos y nos plantea la pregunta crucial: ¿En qué estás invirtiendo el milagro de tu existencia?
Vivir con intención para una muerte merecida
La muerte no destruye el sentido de la vida; lo sella. Cuando una persona parte, lo que queda en este mundo no es lo que acumuló en sus cuentas bancarias, sino la huella que dejó en el corazón de los demás y el propósito con el que tiñó sus acciones. Por eso, el desarrollo personal, ético y espiritual no es un lujo para los últimos años de vida; es una tarea diaria y urgente.
Desarrollarnos como seres humanos, sanar nuestros vínculos, cultivar la empatía y vivir con una intención clara es el único camino para construir lo que podríamos llamar una "muerte merecida" o en paz. Morir con dignidad es el resultado de haber tenido la valentía de vivir con autenticidad. Es poder mirar hacia atrás cuando el viaje termine y, a pesar de las piedras del río, saber que no dejamos la vida a medias, que nos desgastamos por las causas correctas y que amamos con el pecho abierto. La muerte se vuelve una transición pacífica cuando la vida ha sido honrada y exprimida en su máximo potencial.
No le temas al final del camino; témele a una vida vacía de significado. Que la conciencia de lo efímero no te paralice, sino que encienda en ti el fuego de la presencia absoluta. El tiempo corre, el río sigue su cauce, y la oportunidad de trascender está ocurriendo ahora mismo, en este preciso segundo.
Vivamos de tal manera que, cuando nos toque partir, la muerte no encuentre una existencia intacta por miedo a gastarse, sino un alma bellamente madurada por el arte de haber sabido vivir.




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